La «patria chica» de Carlos Sorensen

Carlos Sorensen es claramente un referente de Cristiano Muerto, pequeño poblado del partido de San Cayetano que le debe su nombre al arroyo, que a tan solo siete kilómetros de distancia marca el límite con el partido de Tres Arroyos. El diario La Voz del Pueblo le realizó una entrevista que reproducimos a continuación:

Amor y dedicación por Cristiano Muerto

Cuando su familia se radicó en el lugar, tenía sólo once años. Como productor agropecuario, delegado municipal e integrante de diversas entidades, realizó -en una tarea silenciosa- aportes muy positivos. Y tiene experiencias que merecen ser compartidas 

Hijo de inmigrantes daneses, nació en Tornquist en 1915 y tenía sólo 11 años cuando conoció Cristiano Muerto y se quedó allí en forma definitiva con su familia.

En forma reciente, poco antes de cumplir 92 años, recibió a este diario en su establecimiento agropecuario, ubicado junto a la ruta 72. En la conversación exhibió una memoria intacta y referencias muy amplias, propias de quien vivió muchas experiencias y lo hizo con intensidad. Tiene cuatro hijos, dos mujeres y dos varones, todos vinculados a las actividades en el campo.

Tras la radicación

De acuerdo a registros históricos, la llegada del tren a la localidad comenzó a ser una realidad cada vez más cercana en 1910, cuando se inició la construcción del ramal "Cooper" (posteriormente Defferrari), Ramón Santamarina, Energía, Cristiano Muerto y Orense. La inauguración de la estación fue un incentivo para la radicación de pobladores.

La familia Sorensen llegó en 1927. "Hacía poco que el boliche viejo se había trasladado, el dueño era Felipe Lacoste", expresó sobre el dueño del almacén y posada, uno de los primeros negocios que se habilitó.

En aquellos tiempos, según explicó, "éramos todos arrendatarios, después cambiaron las leyes. El chacarero antiguamente en la Argentina era un ‘croto’ que daba vueltas con sus pocas pertenencias, buscando campo, podía estar dos años, tres, cinco, siempre andaba deambulando".

Por esta razón, al sancionarse la legislación que puso límites a los desalojos en los campos, "el trabajo fue más firme, había más amor en el asunto", describió al mencionar el sentido de pertenencia y la relación que se generaba con la tierra.

La crisis mundial de los años ’30 se sintió en la zona, "era una desgracia", sintetizó. Claro que luego de la "tormenta", el horizonte, poco a poco, se empezó a modificar: "Hasta 1935 era brava la mano. En el ’37 mi padre compró una camioneta Internacional nueva con 5000 quintales de trigo, fui yo a retirarla, ya había mejorado mucho la situación".

Su madre quedó viuda poco más tarde, con Carlos y sus dos hermanos en la casa; "la gambeteó como pudo -valoró-. A los peones había que pagarles".

Compromiso

Ejerció en diversas oportunidades la función de delegado. Con una sonrisa, interrumpió el relato para interrogar al periodista de este diario: "¿Sabés como se llama eso? Alcahuete del intendente", expresó con humor.

Fue integrante de la comisión para contar con una vía de comunicación pavimentada, mediante la ruta 72, participó en diversas instituciones como -por citar dos ejemplos- el colegio o la cooperativa de Orense que tenía una sucursal en Cristiano Muerto.

Lejos de atender en una oficina o de cumplir labores administrativas, el delegado -dijo a partir de sus gestiones- "tiene que vigilar y cuidar la calle, atender a personas que vienen y buscan una guía para cargar la hacienda, entre otras cosas. Si lo precisan, que lo busquen en el campo".

El ramal ferroviario se levantó en 1961, cuando otros medios de transporte se planteaban como nuevas alternativas. La inquietud por la ruta 72 se tornó creciente, sobre lo cual puntualizó que "queríamos unir todos los pueblos, aspirábamos a llegar hasta Coronel Dorrego, porque desde ahí podía venir mucho turismo. Pero no se pudo, se logró extender hasta San Francisco de Bellocq".

El establecimiento que ocupa en la actualidad con su familia lo adquirió en 1969, ya que anteriormente era arrendatario. Entre las medidas nocivas de entonces, habló especialmente de la "famosa ley Raggio" de 1968, que permitió el desalojo de los arrendatarios; "acá faltan 19 chacareros, quedaron 29 familias, es mucha. Genera lástima porque hoy veo los grandes pools de siembra que acaparan todo, no le dan vida a nadie; ‘vengo con mis grandes herramientas, trabajo lo que tengo que trabajar y lo demás no importa’ -opinó sobre este sistema de producción-. Antiguamente, en la conquista del desierto, dicen que el indio estaba con una lanza, ahora vienen con los dólares y no te degüellan pero falta poco. No sé quien podría arreglar esta situación, cada dueño del campo debe cuidar lo suyo".

Otras vivencias más recientes, como parte de la actividad de delegado, se registraron ante graves inundaciones que pusieron en dificultades al poblado y a los productores de la zona. "La inundación te queda patente", manifestó y de inmediato citó el Martín Fierro, de José Hernández, porque "tipos que parecía que no podía ser que se comporten así, que uno pensaba otra cosa de ellos… Ahí uno ve la clase de persona, daban a entender que ‘aunque vos te inundés no importa, a mi me tenés que salvar’". No obstante, habló con agradecimiento de "la colaboración del encargado de Santamarina y los obreros. Había que construir puentes con árboles, era complicada la mano, se necesita trabajar mucho. Estoy muy contento por lo que se pudo hacer en esas circunstancias".

El balneario

Una gestión igualmente interesante representaron las tareas destinadas a crear el Balneario San Cayetano, que nació a partir de la obtención en 1968 de 200 hectáreas que pertenecieran a la familia Sáenz Rosas.

El intendente era el ingeniero Horacio Sieber, quien "un día me habló para que consiguiera unos caballos, ya que había que buscar un lugar apto para el nuevo proyecto. Fuimos cada uno con su recado y nos dieron unos ‘caballazos bárbaros para andar en la arena’, cutro horas estuvimos recorriendo para detectar un sector adecuado".

Recordó al ex funcionario como "un tipo macanudo" y tras estos primeros pasos, señaló con satisfacción que "el balneario se pudo hacer poco después. Cuando fui, no hace mucho, me asombré de la cantidad de forestación que hay".

Carlos Sorensen reiteró su sonrisa antes de la despedida. Sigue en su "patria chica", acompañado por sus hijos, donde disfruta este período de la vida luego de muchos esfuerzos y de logros silenciosos, pero sin duda importantes para la gente de la localidad.



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