La noticia cayó como una bomba.
Toda la comunidad parroquial, -y más aún los que como yo, no nos cocemos en el primer hervor- tiene conocimiento de que los párrocos están un tiempo determinado en las comunidades y luego se les asignan otras, para crecimiento de la comunidad, y del propio sacerdote en su labor pastoral. Pero el hecho de que conociéramos eso, no significa que la noticia no nos trastocara…y no nos diera tristeza.
Nos vamos habituando a su expresión pastoral, y creamos un vínculo, de poco, les vamos contando nuestra vida, nuestros errores, dolores, alegrías, logros y fracasos. Les pedimos consejo, guía en nuestras tribulaciones. Compartimos con ellos nuestras familias y nuestros hogares, y así se hacen parte de nuestra vida.
Por eso más allá de tener certeza de que son los designios de Dios, y comprender las normas de la Iglesia, nos duele cuando a nuestro pastor actual se le asigna otra responsabilidad pastoral u otra Parroquia.
Ayer en la Misa de 19:00, ante el anuncio de su partida, lloramos todos.
Cuando el Padre Jacobo dejó la Parroquia, por su avanzada edad y su estado de salud, quedó residiendo en San Cayetano, por eso para nosotros, sus amigos, no fue de mucha tristeza: seguíamos yendo a su casa, lo visitábamos, compartíamos la Misa y la mesa, y cuando finalmente partió a la Casa del Señor, estuvimos ahí en sus últimos momentos, y nos consolamos mutuamente sabiendo que él también necesitaba ese descanso…
Cuando el Padre Rubén fue trasladado a Chaves, recuerdo mi pensamiento: “- No entiendo a Monseñor Garlatti, si el otro Padre ya está en Chaves, porque hacer esos traslados? porqué no la hace corta? y deja al otro allá, y a este acá y punto!”-. Y también lloré.
Los designios de Dios… eran nada más y nada menos lo que no tenía en cuenta mi pensamiento. Nada más y nada menos…
Monseñor Guillermo Garlatti, este Obispo tan cercano a nuestra comunidad -que fue quien nos trajo la Reliquia de San Cayetano-, en su sabiduría pastoral nos estaba regalando nuevas riquezas, y eso lo comprendí con el tiempo.
En la época del Padre Jacobo, él hacía todo, cantaba, ponía la música, leía las Lecturas de la Misa, daba la catequesis –aunque hubiera catequistas él estaba en todo- manejaba todo, dirigía todo, hacía todo. Fue un Pastor incansable. La Iglesia se llenaba de fieles. En su manera de ejercer el sacerdocio – o formación-, tenía la característica de hacer todo él, con la ayuda nuestra, pero todo lo decidía él.
En un momento, de nuestro Obispo Rómulo García, surgió la Asamblea del Pueblo de Dios, y ahí se abría claramente la participación de los fieles de una manera más activa. Así surgieron los grupos y movimientos parroquiales como Cáritas, Camino de Nazareth, Carismáticos y otros muchos; justamente luego de ese tiempo vino el Padre Rubén, primero a ayudar al Padre Jacobo que estaba enfermo y luego quedó como Párroco. Durante el período pastoral del Padre Rubén, se ordenaron los grupos y movimientos, él nos fue guiando y ordenando, tal como los lineamientos de la Arquidiócesis, y así se conformaron, dando lugar a que nos comprometiéramos según nuestros carismas, en las diferentes tareas laicas.
Luego vino el Padre Pablo.
Con su manera de ser, su buen carácter, nos fue acompañando en las diferentes tareas, nos fue guiando, escuchando, dialogando…
No dio libertad para trabajar, no para cada uno hiciera lo que se le antojara, sino para que fuéramos internalizando nuestra pertenencia a la Parroquia, para que nos atreviéramos a hacer sin temor al error o un reto, para que pudieran florecer nuestros carismas y riquezas. Nos fue orientando para pulir nuestras durezas, ablandar el corazón y formar comunidad.
¡Cuánta visión tuvo el querido Monseñor Garlatti al traerlo a nuestras vidas!
Son los designios de Dios que a veces, en nuestra limitación humana, no los podemos ver o por lo menos no los vemos enseguida.
El trabajo pastoral del Padre Pablo nos formó como comunidad, nos hermanó, con su paternidad nata nos recibió a todos y nos enseñó a comprendernos, a ayudarnos, nos hizo ver que la Parroquia somos todos, y que todos podemos dar mucho y dejar espacio para que todos den mucho.
Nos enseñó a ser más abiertos, más humanos, a querernos más entre nosotros.
Así como un buen padre de familia, fortalece los lazos de hermandad de sus hijos, él, nos hizo valorarnos y querernos entre todos.
A los queridos diáconos, Raúl y José Luis, les dio espacio real, respeto, libertad, lugar para sus familias, se preocupo por su salud y por su bienestar general, y lejos de competir con ellos, fue notable cuanto reconocimiento y agradecimiento les brindó siempre.
A los diferentes grupos y movimientos les fue dando su impronta, y logró respeto y reconocimiento entre todos.
Sus Misas de Sanación marcaron un hito, venían peregrinos de la zona, – entre ellos muchos garmenses que añoraban su presencia- y además de hacerlas en honor de nuestro Santo Patrono y en virtud de sus carismas de santidad, ayudaron a acercar muchos fieles y a ofrecer el alivio del Señor ante dolencias y aflicciones.
Es mucho lo que nos deja. Mucho.
Seguramente también se lleva muchas riquezas, cuando el ministerio sacerdotal es ejercido con tanto amor y entrega, es como la maternidad-paternidad, que no solo forma y educa a los hijos, sino que también enriquece a los padres.
Nuestra amistad seguirá por siempre, como la amistad con su familia y la nuestra, como dice el querido Padre José Martínez, -su padre, amigo y hermano, según las propias palabras del Padre Pablo- la amistad no conoce distancias.
Ya estamos rezando para recibir al Padre Matías Burgui, su sucesor, y lo recibiremos con toda nuestra disposición y alegría, aunque hoy, sabiendo que en febrero se va el Padre Pablo, no podamos contener las lágrimas.
Gracias Padre Pablo, por hacernos crecer, fortalecer nuestra fe, y unirnos profundamente como comunidad. Queda, por siempre, en nuestros corazones, toda tu entrega pastoral y humana.
Magalí Di Croce
