Parece que la costumbre argentina es luchar contra la adversidad, intentar siempre salir adelante, sufrir esperando el último momento para lograr lo deseado, y que muchas veces ni siquiera merecemos por cómo nos consideramos y actuamos.
El miércoles pasado, la Selección Argentina de fútbol se jugaba ante Uruguay el pase al Mundial de Sudáfrica 2010.
Un plantel con historia, experiencia y excelente calidad de jugadores que aun no han mostrado el máximo potencial porque no hay continuidad ni lineamientos claros, delanteros goleadores en sus respectivas ligas, los más buscados y cotizados.
Pero durante toda esta etapa eliminatoria venían funcionando mal, porque les faltaba lo fundamental, el concepto de “equipo”. Eso que hace que cada uno de los integrantes se sienta parte de un mismo grupo y jueguen todos para el mismo lado, tocándola por toda la cancha, haciendo más de dos pases antes de ver el hueco para dar el pase final hasta llegar al arco contrario y patear. Pienso que perdieron el objetivo de disfrutar jugando para poder ganar y brindarse también al público, esa hinchada tan particular y crítica, que como el técnico, no acepta los grises.
Personalmente me era indiferente, e inclusive hasta cierto punto, deseaba que no clasificasen por lo mal que se estaban haciendo las cosas a nivel dirección, y por toda la política o burocracia que hay detrás, olvidando los verdaderos problemas por los que está pasando social y económicamente el país.
En ocasiones cuando uno está viviendo fuera y continua manteniéndose informado, ve las cosas desde otra óptica, tal vez distorsionada porque no estamos ahí, pero quizás con más amplitud porque tiene otras experiencias acumuladas, visiones y además del blanco y negro se permite ver también el gris como una opción al cambio, que en definitiva es la combinación de lo bueno y lo malo, intentando que prevalezca siempre lo primero.
Aquí en España el partido se transmitía a las 00 hs, madrugada del 15/10, y se me estaba haciendo inevitable no tener esa sensación que siempre causa, más allá de las ilusiones rotas o falencias, la celeste y blanca. Esas ganas de disfrutar viéndolos jugar, la emoción ante los acordes del himno, el animarlos como si estuviese en el mismo estadio y como la mayoría de argentinos que los alienta desde cualquier lugar donde se encuentre, porque la esencia del “ser argentino” siempre sigue estando, no cambia, y creo que con mucha más entrega cuando las cosas van mal.
Finalmente averigüé de algún lugar donde lo emitiesen a esas horas, a veces en cualquier competición deportiva si no juega un equipo español es difícil encontrar un lugar donde poder ver un partido, y terminé en un bar irlandés, cerca de la Sagrada Familia en Barcelona, donde resido. Me acomodé en mi butaca junto a una columna frente a la gran pantalla, al principio el ambiente estaba tranquilo pero faltando 15 minutos para el inicio el lugar se empezó a llenar.
Sillas y banquetas que iban de un lado a otro buscando un hueco donde acomodarse, otros terminaron sentados en el suelo y después de los saludos todo se centro en un único lugar, el estadio donde se desarrollaba el encuentro y donde la pelota ya estaba rodando. Un partido aburrido, con pelotazos de aquí para allá, donde en pocas ocasiones se llegaba al arco rival.
En un momento empezó a tocarla más Uruguay, avisando con un tiro desde fuera del área Forlan, luego reaccionó un poco más Argentina y comenzó a mover más la pelota, intentando habilitar a los delanteros, que en solitario y resguardados por 2 o 3 defensas no podían crear nada. El segundo tiempo fue más de lo mismo, comenzó Uruguay con cambios de jugadores y más agresivo, mientras Diego miraba desde el borde del campo sin ideas ni directivas, y por fin faltando 15 minutos para el final vinieron los cambios.
En aquel bar, a 10.000 km de distancia, una parte de la albiceleste no se conformaba con estar despiertos a la 1.30 AM, teniendo que trabajar al día siguiente para quedarse con un amargo 0-0, así que empezó a alentar y tras una falta, el mítico cántico del “Vamos vamos Argentina…” y la recompensa de un jugador que acababa de ingresar y veía como su debut finalizaba en un grito de goooool y sus compañeros haciendo una piña para abrazarlo.
Estamos en Sudáfrica!!!, quedan 9 meses para reflexionar y replantear las cosas. Soy consciente que desde afuera es más fácil hablar, pero el rostro decepcionado de muchos jugadores argentinos tiene que servir para generar ese cambio necesario y en el mundial no ser un equipo más, ilusionarnos para luego no llegar a nada y seguir siendo tan hipócritas como las declaraciones finales de Diego, siempre lo admiré y respeté como jugador, pero sus palabras me duelen como argentina porque es un reflejo de lo que actualmente somos y le estamos legando a las generaciones futuras: prepotentes, engreídos, incapaces de reconocer que se puede mejorar y que las criticas no siempre son destructivas, que con una persona no basta si no que a esa hay que sumarle otra, y otra, y otra…
Se me viene a la mente un fragmento de Einstein que en algún momento lo vincularon con Rafael Nadal por la garra, empuje y fortaleza que tiene para afrontar la adversidad, caer y volver a levantarse con más energías y ansias de superación. Lo comparto con ustedes, y aunque cada uno lo interprete a su manera, se que a todos algo nos va a dejar que nos ayude a intentar ser mejores en nuestra propia vida y también como equipo y parte de una sociedad:
“No pretendamos que las cosas cambien si siempre hacemos lo mismo. La crisis es la mejor bendición que puede sucederle a personas y países porque la crisis trae progresos. La creatividad nace de la angustia como el día nace de la noche oscura. Es en la crisis que nace la inventiva, los descubrimientos y las grandes estrategias. Quien supera la crisis se supera a sí mismo sin quedar superado. Quien atribuye a la crisis sus fracasos y penurias violenta su propio talento y respeta más a los problemas que a las soluciones. La verdadera crisis es la crisis de la incompetencia. El inconveniente de las personas y los países es la pereza para encontrar las salidas y soluciones. Sin crisis no hay desafíos, sin desafíos la vida es una rutina, una lenta agonía. Sin crisis no hay méritos. Es en la crisis donde aflora lo mejor de cada uno, porque sin crisis todo viento es caricia. Hablar de crisis es promoverla, y callar en la crisis es exaltar el conformismo. En vez de esto trabajemos duro. Acabemos de una vez con la única crisis amenazadora que es la tragedia de no querer luchar por superarla” (Albert Einstein).
