
El pasado jueves se desarrolló en el SUM municipal una jornada de Violencia y Salud Mental, organizada por la Secretaría de Salud de la Municipalidad de San Cayetano. Participaron de la misma, entre otros disertantes, el Director de Salud Mental del Ministerio de Salud de la Provincia de Buenos Aires y el Coordinador del Programa Provincial de Prevención del Suicidio, Juan Fernández.

Durante la jornada se abordaron temas como violencia y salud pública, violencia de género y abuso sexual infantil, suicidio y salud mental, violencia familiar y políticas públicas, convivencia y violencia en las escuelas y violencia y adicciones.
Se contó con la participación de docentes y autoridades educativas, psicólogos, autoridades del sistema de salud, policía, funcionarios municipales e interesados en la problemática.

En la apertura de la jornada, el Licenciado Luis Marino, Coordinador del Servicio de Salud Mental de San Cayetano expresaba:
De qué violencia hablamos? Cuando hablamos de violencia no podemos dejar de referirnos al contexto actual que ofrece indicadores diversos para orientarnos en su explicación. El siglo XX que brindó una promesa de bienestar, un progreso de la ciencia y la tecnología, paradójicamente fue el siglo más sangriento de la historia. La globalización que promete una desterritorialización, un mayor intercambio de bienes, una circulación de la ciencia, está acompañado de grandes procesos de exclusión y de expulsión.
El sistema de valores tradicionales pareciera no tener la consistencia necesaria para garantizar la convivencia armónica ni para prevenir conductas y sucesos no deseados. Prevalece lo diverso, lo heterogéneo y no se puede encasillar a nadie en un futuro que la velocidad del cambio histórico torna por lo menos incierto. La idea de lo bueno, lo malo, lo bello o lo feo, lo que se debe y puede hacer y lo que no, encuentra diferentes interpretaciones.
En estas condiciones ya no se trata del malestar en la cultura, sino del malestar hecho cultura. No hay resonancia, desaparece el pensamiento crítico, la construcción crítica de una verdad, por esa violencia que se ha hecho cultura. La cultura modificada empieza a ser atravesada por lo siniestro.
La violencia sería aquello que aparece cuando algo que se necesita está ausente. Hanna Arendt sostiene que reflexionar sobre la violencia significa, en primer lugar, reconocer que ésta tiene por origen la impotencia. Se presenta como un modo de relación que aparece en condiciones de impotencia instituyente de la escuela, la familia y pone de manifiesto algunas formas de destitución simbólica de las instituciones tradicionales. Esto es, formas “postmodernas” de la impotencia. Pero también debemos reconocer que el problema de la impotencia no es un problema relativo a las personas sino a los dispositivos.
Asistimos a una “clausura” de un espacio simbólico de pertenencia que ha sido la marca de constitución subjetiva durante la primera mitad del siglo XX.
La violencia en estos contextos asume distintas formas, pero todas suponen una práctica situada en los bordes de la palabra. Y se materializa en el cuerpo. La exclusión, o mejor dicho, la desafiliación social da por resultado una violencia, alojada en el cuerpo y no en disputas discursivas. Violencia generada por la falta de reconocimiento de las instituciones subjetivantes.
Se generan entonces subjetividades con un alto grado de vulnerabilidad, que al convertirse en sentimientos reprimidos despliegan violencia que intenta doblegar. Hoy como nunca, la violencia social se ha acrecentado aceleradamente. Y sería un error patologizar al individuo promoviendo la responsabilidad individual de los efectos de acontecimientos sociales y colectivos.
La violencia debe ser analizada en todas sus dimensiones y no transformada en una variable más. Desde este planteo sostenemos una serie de acuerdos y diferencias con diversas posiciones teóricas. Nuestra postura es la de entender a la violencia como una construcción social e histórica y por lo tanto humana, de allí que su definición dependa del momento histórico y social que se esté viviendo. Por esto es que no aceptamos las siguientes posturas: las que la reducen a una cuestión moral o producto del destino y la trivializan bajo explicaciones mágicas o astrales; aquellas concepciones de la modernidad que la describen como producto de la ignorancia y por lo tanto superable con el desarrollo económico-social; o las corrientes de la biología y de la genética que la presentan como un hecho inevitable negando toda interpretación que se pretenda social e histórica
Si pensamos en la violencia como destino de la agresión originaria, debemos verla como expresión de un sufrimiento, individual o social y en este sentido la Salud Mental, desde sus teorías, sus metodologías, sus prácticas y sus investigaciones ofrece un campo de intervenciones destinadas a paliar tanto sufrimiento subjetivo, desde la prevención, la atención primaria, la asistencia directa individual o grupal. Para que puedan ser nombrados, encuentren nuevas maneras de expresarse las nuevas formas del malestar psíquico.
Es a partir de estas consideraciones que entiendo necesario hoy impulsar una política amplia de Salud Mental, que forme parte de la comprensión de la magnitud del problema por parte de los gobiernos y que forme parte de la agenda social de los mismos.
Comprender en todas sus dimensiones la nueva producción cultural, entender que en ella se deciden los procesos de subjetivación de las personas, es decir, sus modos de sentir y construir los significados y valores de su vida, hacer visible las condiciones reales de la vida social actual y sus consecuencias en los malestares subjetivos personales y en lo incierto de la vida en común, es lo que a una política racional de salud mental puede permitirle elaborar estrategias adecuadas para, al menos, intervenir racionalmente en el cuidado de las personas más vulnerables a estos procesos, y contribuir desde los cuidados de la salud mental a la integración de la sociedad.
