Tras un siglo de vida, falleció Tarciso Cabranes

Con tantos años como nuestra ciudad de San Cayetano, y con décadas viviendo y trabajando en esta comunidad, el “Vasco” Tarciso Cabranes emprendió su último reparto. El pasado sábado falleció este vecino que fue parte de la geografía lugareña, con un siglo a cuestas e historias que pasarán a formar parte del testimonio oral de los sancayetanenses.

Como historia personal, lo recuerdo cuando recorría los barrios de la periferia con el mismo gesto que “el centro”, pasando por mi casa cuando cursaba mis estudios de escuela primaria. Yo vivía en la calle Sáenz Peña (a una cuadra del Corralón Municipal, alejándose por Avenida Independencia), aún de tierra, se volvía una aventura para transitarla a pie los días de lluvia invernal. Por esa razón, y quizás por darle el gusto a un chiquilín que miraba el humilde carrito de reparto de leche con la admiración de quien está frente a un carruaje misterioso, el “Vasco” sujetaba las riendas al caballo cuando pasaba frente a la puerta. 

A paso lento, me veía parado en el porche y me hacía una seña para invitarme a subir con él en ese primitivo "remisse de infancia".
Era un asombro para mí contemplar ese hombre de tantos años que conducía con sus manos agrietadas un carro que parecía quejarse en cada cuadra de los traqueteos de mil viajes por toda la ciudad. Me hacía lugar en el asiento, no sin antes alertarme de la presencia de un brasero de fabricación casera, hecho con alguna lata de dulce de batatas, que las abuelas solían utilizar como molde para bizcochuelos de cumpleaños. En esa lata, Tarciso depositaba unas brasas, que lejos de calentarle las manos, daban un humo casi imperceptible que parecía un símbolo de bienestar pasajero. 

Detrás, en esqueletos de hierro, en botellas de un litro que antes habían sido de vino al igual que sus cajones, yacía el producto del esfuerzo de la madrugada. El tesoro que día a día, las vacas le brindaban a su dueño para ganarse el sustento. Leche fresca que debía hervirse en las cocinas, en ciertos casos las famosas económicas o “a leña”, y fueron alimento sano para varias generaciones. 

Compartía la experiencia del recorrido trazado en la memoria del animal que tiraba el carro, que sin dudarlo se detenía en cada hogar donde el conductor bajaba a dejar la botella llena y retirar los envases vacíos, protestando si la “patrona” no lo había enjuagado bien, incrementando la tarea del comerciante para el día siguiente.
Eran unas pocas cuadras, pero yo las vivía como un viaje maravilloso. 

Quizás tardaba lo mismo que yendo caminando, el frío y la llovizna me castigaban lo por igual, pero con cada trayecto realizado valoraba la tarea y el esfuerzo de ese anciano. 
Mientras yo soñaba con la pelota Nº 5 de Boca que tanto me gustaría tener, el “Vasco” hacía rato que luchaba entre el barro con las vacas. Cuando yo tomaba el café con leche en el desayuno, él había realizado la mitad de su recorrido. 

Con la lupa de los años uno se da cuenta que, de niño, siempre se están construyendo historias para el futuro, pero si se está atento, se puede ser testigo de nuestra historia. La de cada día, la de cada esfuerzo personal de tantos sancayetanenses que hicieron de este pueblo casi centenario, un maravilloso lugar donde criar los hijos. 

Me he tomado el atrevimiento recordar a Tarciso en primera persona, aunque el mejor recuerdo será el que cada una de las personas que lo conocieron contarán en las esquinas, a la hora de las compras diarias, con el clásico “te acordás de…?” que nos caracteriza. 

Fue un sancayetanense por adopción, y cumplió sus cien años antes que la ciudad. Ahora integrará la galería de las leyendas de los que los lugareños llamamos “personajes”, dándole otro sentido al significado de esta palabra. 

De izquierda a derecha, Esther Cialceta, que también cumplió sus cien años, Cristina Zozaya, administradora del Geriátrico Municipal, y Tarciso Cabranes, en septiembre de 2010 cuando los abuelos fueron elegidos los “reyes de la primavera”. 

Autor: Jorge Dip. 
Fotos: Familia Madsen.



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