
Hace 44 años –el 28 de junio de 1966- las Fuerzas Armadas de la Argentina cometieron un acto supremo de irresponsabilidad. Fue entonces cuando los tres comandantes en jefe derrocaron al presidente constitucional Arturo Illia y sustituyeron al sistema democrático imperante en plenitud en el país por una férrea dictadura que terminó siendo sangrienta y precursora de la que una década después constituiría la mayor tragedia que debió soportar el pueblo argentino.
Varias generaciones de argentinos conocimos lo que era una auténtica democracia en su gobierno. Hubo independencia de poderes, respeto a todas las libertades, derechos y garantías y a todas las normas de la Constitución Nacional. En su gobierno se levantó la proscripción que pesaba sobre el peronismo, no obstante lo cual, una parte considerable de esta fuerza colaboró en su caída y apoyó la instauración del régimen autocrático que presidió de facto el general Juan Carlos Onganía, un personaje sin ninguna capacidad para ejercer el cargo usurpado.
Medidas fundamentales tomadas por Illia, como la anulación de los contratos petroleros ilegales y leoninos firmados por el anterior gobierno, la sanción de la ley de medicamentos, leyes sociales como el salario mínimo y móvil, el no haber aceptado la presión de los Estados Unidos para enviar tropas a Santo Domingo, entre muchas otras, llevaron a formar una coalición golpista derechista, de la que formaron parte la Unión Industrial, la Sociedad Rural, periodistas conservadores, sindicalistas burocráticos y otros grupos de poder económico. Estos intereses coaligados habían montado, junto con los militares de entonces, una tendenciosa campaña de desprestigio para preparar el infausto golpe.
El país, tras la caída del austero gobernante de la Unión Cívica Radical, entró en un cono autoritario de sombras. La historia ha hecho justicia y hoy se reconocen los éxitos de la gestión de Arturo Illia y se recuerda a este como el estadista que fue y como un arquetipo de gobernante ejemplar.
JUVENTUD RADICAL DE SAN CAYETANO
