
En el 120 aniversario de la Revolución del Parque o Revolución de 90, nuestro homenaje a esos hombres y a la lucha que sigue tan vigente como siempre. Juventud Radical de San Cayetano.
En 1890 estalló en Buenos Aires una revolución civil con el propósito de cambiar un sistema de gobierno falaz, corrupto y sin ninguna garantía ciudadana. Aunque no triunfó, fue el comienzo de una serie de acontecimientos que desembocaron en el nacimiento de la Unión Cívica Radical y años más tarde en la sanción de la Ley Saénz Peña del voto secreto y con ella el comienzo de conquistas sociales, políticas y económicas donde se empezaba a incluir a los desposeídos de la república en una situación de igualdad.
Para saber con precisión los motivos de la revolución del 90, veamos el manifiesto de los revolucionarios dirigido al pueblo argentino:

"El patriotismo nos obliga a proclamar la revolución como recurso extremo y necesario para evitar la ruina del país… acatar y mantener un gobierno que representa la ilegalidad y la corrupción, vivir sin voz ni voto la vida pública de un pueblo que nació libre; ver desaparecer día por día las reglas, los principios, las garantías de toda administración pública regular, consentir los avances al tesoro, la adulteración de la moneda, el despilfarro de la renta; tolerar la usurpación de nuestros derechos políticos y la supresión de nuestras garantías individuales que interesan a la vida civil, sin esperanza alguna de reacción ni de mejora, porque todos los caminos están tomados para privar al pueblo de gobierno propio y mantener en el poder a los mismos que han labrado la desgracia de la República; saber que los trabajadores emigran y que el comercio se arruina; soportar la miseria dentro del país y esperar la hora de la bancarrota internacional que nos deshonraría ante el extranjero; resignarse y sufrir todo fiando nuestra suerte y la de nuestra posteridad a lo imprevisto y a la evolución del tiempo, sin tentar el esfuerzo supremo, sin hacer los grandes sacrificios que reclama una situación angustiosa y casi desesperada, sería consagrar la impunidad del abuso, aceptar un despotismo ignominioso, renunciar al gobierno libre y asumir la más grave responsabilidad ante la patria…
Las instituciones libres han desaparecido de todas partes, no hay República, no hay sistema federal, no hay gobierno representativo, no hay administración, no hay moralidad.
La vida política se ha convertido en industria lucrativa. En el orden público ha suprimido el sistema representativo hasta constituir un congreso unánime sin discrepancia de opiniones, en el que únicamente se discute el modo de caracterizar mejor la adhesión personal, la sumisión y la obediencia pasiva.
El régimen federativo ha sido escarnecido; los gobernadores de provincia, salvo rara excepción, son sus lugartenientes; se eligen, mandan, administran y se suceden según su antojo rendidos a su capricho. En el orden financiero los desastres, los abusos, los escándalos, se cuentan por días…
Se vendieron los ferrocarriles de la Nación para disminuir la deuda pública, y realizada la venta se ha despilfarrado el precio; se enajenaron las obras de salubridad, y en medio de las sombras que rodean ese escándalo sin nombre, el pueblo únicamente ve que ha sido atado, por medio siglo, al yugo de una compañía extranjera que le va a vender la salud a precio de oro.
Devolvemos el gobierno al pueblo a fin de que el pueblo lo reconstituya sobre la base de la voluntad nacional y con la dignidad de otros tiempos, destruyendo esta ominosa oligarquía de advenedizos que ha deshonrado ante propios y extraños las instituciones de la República.
El único autor de esta revolución, de este movimiento sin caudillo, profundamente nacional, larga, impacientemente esperada, es el pueblo de Buenos Aires que, fiel a sus tradiciones, reproduce en la historia una nueva evolución regeneradora que esperaban anhelosas todas las provincias argentinas. (…) El período de la revolución será transitorio y breve; no durará sino el tiempo indispensable para que el país se organice constitucionalmente.
El gobierno revolucionario presidirá la elección de tal manera que no se suscite ni la sospecha de que la voluntad nacional haya podido ser sorprendida, subyugada o defraudada. El elegido para el mando supremo de la Nación será el ciudadano que cuente con la mayoría de sufragios, en comicios pacíficos y libres, y únicamente quedarán excluidos como candidatos los miembros del gobierno revolucionario, que espontáneamente ofrecen al país esta garantía de su imparcialidad y de la pureza de sus propósitos." (Alem, Delvalle, Goyena, Domaría, López…)
