
Riesgo, amenaza, miedo, incertidumbre, duda, son palabras que en el mundo actual se combinan fácilmente con otras como vulnerabilidad, enfermedades, terrorismo, cambios climáticos, pobreza, desigualdad.
Es cierto que la amenaza y la inseguridad siempre han sido condiciones de la existencia humana. Y esto ha sido así más en el pasado que en el presente. Sin embargo, los avances científicos y tecnológicos no han logrado aún traer al hombre, en muchos aspectos, mayor tranquilidad y seguridad. La nueva Gripe A es un ejemplo de ello.
En la era de la globalización el mayor riesgo no está en los peligros llamados “naturales”, como los terremotos por ejemplo, sino en lo que se considera como “no natural”. Estos riesgos “fabricados” avanzan más allá de las fronteras políticas. Son nuevas incertidumbres que no sólo están por encima de dichas fronteras, sino que son desfronterizantes, ya que trascienden los límites existentes y los transforman.
Así, los riesgos globales crean comunidades cosmopolitas que se movilizan y producen efectos entre los estados y sus ciudadanos que alteran la naturaleza y la dinámica de los sistemas gobernantes definidos territorialmente. Por lo tanto, aparece frente a esto una premisa fundamental: ningún estado (nacional, provincial, municipal) podrá enfrentar estos problemas solo.
Siguiendo el pensamiento de Ulrich Beck, sociólogo alemán contemporáneo, cuanto más anticipamos las catástrofes, que amenazan a todos, menos puede haber un cálculo del riesgo en base a la experiencia y la racionalidad.
Ahora todos los escenarios posibles, en mayor o menor grado improbables, deben ser tomados en cuenta. Al conocimiento separado de la experiencia y la ciencia debemos agregar la imaginación, la sospecha, la ficción y el miedo. Dice Beck: “…debemos, por precaución, imaginar que lo peor es posible…”. La noción de riesgo hace que el futuro sea decidible hoy.
Con los riesgos se oscurece el horizonte, ya que se proclama lo que no se debe hacer pero no lo que hay que hacer. Quien proyecta el mundo como riesgo se siente incapacitado para la acción. Este implica, siempre, el reconocimiento de la ambivalencia, escindiendo familias, grupos de profesionales, de especialistas, de empresarios e incluso es capaz de dividir a uno mismo.
Y es precisamente en este mundo de cambios vertiginosos e intempestivos, inseguridades, peligros, poblados de múltiples preguntas y escasas respuestas, o bien de respuestas que cambian día a día, que crecen niños y jóvenes, aprenden, se educan y constituyen subjetividades.
En este contexto, vemos cómo el dispositivo pedagógico ha debido sufrir modificaciones. Frente a esta “nueva sociedad”, frente a estos “nuevos niños y jóvenes”, también se requiere una “nueva escuela”, una escuela que sea capaz de dar nuevas respuestas ante las nuevas demandas.
Observamos en nuestra experiencia cercana cómo aparece hoy como prioridad, a partir de la declaración de la emergencia sanitaria por la Gripe A, que la escuela garantice el servicio alimentario para sus alumnos llevando viandas y/o bolsones de alimentos a los hogares. También ha debido organizar propuestas pedagógicas no presenciales a fin de que niños y jóvenes no pierdan la continuidad en sus aprendizajes.
Podría decirse entonces que la Educación hoy debe reinventar su rol. Aparece como prioritario que sea capaz de:
– formar a las nuevas generaciones para adaptarse a un mundo en constante cambio, para enfrentar lo que vendrá, dotándolas de herramientas intelectuales que les permita resolver situaciones imprevisibles. En estas circunstancias, el conocimiento constituye un medio para alcanzar un fin, y no un fin en sí mismo.
– recuperar el rol del adulto y sus representaciones (la escuela y otras instituciones, el Estado en general). Ser adulto implica ocupar un lugar de cuidado y de compromiso con niños y jóvenes, si bien Beck afirma que el riesgo le obliga al estado-nación a admitir que no puede cumplir con su autodeclarada promesa de garantizar a sus ciudadanos el bien legal supremo: la seguridad. En este sentido, adultos e instituciones tienen la responsabilidad ineludible e indelegable de guiar, orientar, contener,señalar el camino, anticipar lo que vendrá, aún frente a un mañana insospechado.
– educar en valores, especialmente la solidaridad, el respeto al otro y el compromiso de construir entre todos un mundo mejor.
Para ello, la escuela deberá ser flexible en su organización, en su formato, en sus prácticas cotidianas, para ser indeclinable en la calidad, en la equidad y en la formación de personas reflexivas en el marco de valores compartidos.
A partir de esta tensión entre lo seguro y lo inseguro, lo cierto y lo incierto, se crea una reinvención de la Educación, asumiendo como protagonista al individuo y a su autotransformación.
Escribe: María Patricia Massa, Profesora en Psicopedagogía, Posgrado de Especialización en Nuevas Infancias y Juventudes.
Bibliografía consultada:
Beck, Ulrich: “La sociedad del riesgo mundial”.Paidós. 2008.
Giddens, Bauman, Luhmann, Beck: “Las consecuencias perversas de la modernidad”. Anthropos.1996
