
“No son sólo memoria, son vida abierta, son camino que empieza y que nos llama…”
(Daniel Viglietti, cantautor uruguayo)
El 24 de marzo de 2008 con una amiga quisimos que ese día no fuera un feriado más de tantos. Así fue que preparamos un “secuestro simbólico” -a la vez que concreto- de un espacio público. El lugar por excelencia fue la Plaza América. Allí recreamos los “años de plomo” volcado en imágenes, música, lecturas, fechas, cifras, que intentaban mostrar lo que había sido el horror y el terror de la última Dictadura Militar argentina que había gobernado entre 1976 y 1983. Esa tarde, aquellos que pasaban por la plaza, podían recorrer los diferentes “stands” que habíamos armado.
En un momento una señora se acerca y me comenta que “en San Cayetano, por ser un pueblo chico, no nos dimos cuenta, la Dictadura pasó por un costado”. Ese comentario me dejó pensando ese día, al tiempo que me disparó muchos interrogantes. ¿Por qué aquí semejante “monstruo” habría pasado por un costado? ¿Qué tenía de especial este pueblo para que casi ni se haya notado? Hoy, tiempo después de aquella anécdota, y a raíz de un 24 de marzo más que hemos conmemorado, quería compartir unas reflexiones que me surgían, a partir de lo que pude ver y leer acerca de este día en San Cayetano.
La primera, me aparece en forma de contradicción: desde que nuestro pueblo guarda en sus nombres a uno de sus hijos por ser detenido-desaparecido, ¿qué dictadura pasó por un costado? Desde que varios de nuestros vecinos -muchos de ellos jóvenes- fueron perseguidos, encarcelados por algún tiempo o debieron marcharse a otros lugares, ¿qué dictadura se fue por un costado?
Y desde que aún hoy, a más de 30 años de la desaparición forzada -léase el calificativo de forzada, que por favor no se pase por alto- nosotros como hijos de San Cayetano no sepamos nada de José Luís Suárez, nada acerca de quién fue, de qué pensaba, cuáles eran sus ideales, sus luchas, sus sueños; desde que aún hoy nada de eso sabemos, ¿qué dictadura se nos pudo pasar por alto?
Una clave creo yo, para poder comprender por qué uno de los genocidios más grandes que sufrimos, pudo “haber pasado por el costado”: es que aún no hemos utilizado como pueblo una herramienta fundamental: la “memoria colectiva”, aquella que por colectiva no tiene que ser propiedad de muchos, sino de todos, aquella que los pueblos van construyendo de sí mismos en su paso por la historia, a través de sus andanzas, a partir de sus aciertos y desaciertos.
Mientras desde los discursos, se siga trayendo a los actos oficiales la caduca “teoría de los dos demonios” -que el prólogo del Nunca Más supo bien materializar-; mientras no empecemos a hablar, a discutir, a reflexionar sobre esto en las escuelas, en las esferas de discusión política, incluso en nuestros “almuerzos familiares”; mientras esto no suceda, los horrores causados por la última Dictadura Militar, seguramente puedan seguir pasando por nuestros costados.
Soy un hijo de este pueblo, parte de las nuevas generaciones nacidas con la democracia. Guardo por ello, la frescura de una lectura del período inmediatamente anterior, diferente quizás de aquel que lo vivió, pero no por ello, menos importante.
En mi paso por las escuelas primaria y secundaria, en mi paso por las instituciones que recorrí -las mismas que puede recorrer cualquier chico que crece acá en San Cayetano-, nunca sentí hablar de José Luís. Hoy a la distancia, me permito decir que esas son también decisiones políticas, para nada ingenuas y que durante ese tiempo quizás nadie quería hablar, quizás nadie se animaba, quizás a nadie le interesaba. Esto me provoca cierta vergüenza.
En la escuela aprendemos las biografías completas de aquellos que se nos presentan como “héroes”, como “próceres”: nadie olvida que San Martín es el “padre de la Patria” a partir de las batallas -heroicas batallas, nos dirán- que fue ganando en todo el territorio. O que Sarmiento es el “inmortal padre de la escuela”, pues realizó un enorme esfuerzo por extender y consolidar el sistema educativo argentino -pese a que ese esfuerzo requiriese exterminar los pueblos originarios de estas tierras-.
Así los calendarios oficiales nos proponen en cada “fecha patria” repasar durante años los hechos más importantes que en sus trayectorias estos, “nuestros próceres” han realizado. Al cabo de un tiempo habremos sabido crear lazos de unión con un Colón, un Belgrano, un Sarmiento, y hasta si apurados nos toman, con un Roca o un Uriburu ¿Pero qué sentimiento une a nosotros la vida de todos estos hombres? ¿Por qué de un día a otro son y debemos reconocerlos como héroes, como padres, como próceres?
Muchos podrán apresurarse y decirme: que nos une un sentimiento de nación y que debemos reconocerlos y recordarlos porque fueron capaces de soñar un país; porque tuvieron un destino de grandeza, porque tenían ideales, porque por sus grandes acciones merecen estar inscriptos en lo más hondo de la historia.
No es este el espacio para desacralizar a ciertos personajes, podremos hacerlo en otros momentos, aún en este año de “bicentenarios”, pero sí quiero dejar en claro que no son hombres sueltos, aislados, por más capaces que lo fuesen, los que llevan adelante los destinos de la historia, sino que son los pueblos mismos.
Y no me equivoco en decir que la mayoría de los que hoy son detenidos-desaparecidos creían firmemente en esto: soñaban apasionadamente un país distinto del que se les imponía. Sus ideales eran altos, pues ellos también tenían destinos de grandeza, de grandeza de “Patria Grande”.
Arriesgaban -y está más que claro que así lo hicieron- todo lo que a su alcance tenían, incluida su vida misma, para torcer el destino de opresión y dictadura, con convicciones, con rebeldía, con entereza. Pero obviamente no son héroes, no les hemos permitido entrar en esta categoría.
¿Pero qué es un detenido- desaparecido? Ampliando y poniéndole rostro, carne a esa pregunta podríamos decir, qué si José Luís es un detenido-desaparecido, ¿qué es entonces? La respuesta no sé si puede darse en un par de renglones, pero sí creo que podemos afinar nuestro lápiz y a partir de ello, sacar algunas conclusiones.
Prestemos atención hasta donde pudo haber llegado la brutalidad de estos asesinos que la palabra, el concepto “desaparecido” hubo que “inventarlo”, que “dibujarlo”, a partir de las actuaciones de la nefasta Triple A y a medida que la última dictadura se abría paso.
Mucho tuvieron que ver en esa construcción los familiares de esos desaparecidos, las Madres, las Abuelas y la Plaza de Mayo que las vio nacer. Pero no hay que olvidar que el hecho de que haya “desaparecidos” significa que hubo quienes planearon, organizaron, avalaron y complacieron un plan de exterminio y desaparición de personas -que por si nuestra memoria continúa siendo frágil, recordamos que fue una desaparición forzada-.
Quien llevó a cabo “semejante obra de ingeniería” no fue otro que el “Estado Genocida Argentino” representado en las figuras de Videla, Massera y Agosti, siempre secundadas, apoyadas, avaladas y legitimadas por gran parte de la sociedad y sus instituciones.
Esta desaparición implicaba previa detención, mecanismos de tortura, rebaja de la condición humana a su más alto nivel. Que haya “desaparecidos”, significa que hubo verdugos que sirviendo a un totalitarismo de lo más repudiable se creyeron dueños, poseedores de la vida y de la muerte de cientos de miles de personas. ¿Y desaparecidos de dónde?
Desaparecidos de su sociedad. Mientras nadie los veía por estar “desaparecidos”, ellos sí divisaban sus destinos entre picanas, torturas psicológicas, traslados, vuelos de la muerte. Mientras nadie los escuchaba, por estar “desaparecidos”, sus gritos resonaban en cada milímetro de pared de los centros clandestinos de detención montados por la siniestra y genocida Dictadura Militar.
José Luís seguramente pasó por alguno de estos destinos que se tenía para aquel que era detenido, eso lo sabemos, o al menos lo suponemos. Sucede que los años nos han enseñado: los “desaparecidos” dejaron de ser “entes”, -como gustaba caracterizarlos al Gral. Videla- y dejaron de serlo hace rato.
Pasaron de ser listas, N. N. a ser los faros para nuestra memoria abierta que nos sacude. Y ahora la pregunta que me surge es, ¿qué estamos esperando como pueblo, como sociedad para darle el reconocimiento que José Luís se merece?
El árbol de la memoria, el monumento que lleva su nombre en la plaza, por suerte ya están, pero qué hace falta ahora para que su nombre, su persona empiecen a ser recordados, no como quienes recuerdan una novela, una película o un poema, sino como quienes recuerdan a sus héroes.
¿Por que ninguna institución lleva su nombre? ¿Por qué ninguna calle, por qué no el patio de su escuela, o algún paseo o espacio público? ¿Por qué no alguna sala o dependencia estatal? ¿Qué hace falta para que en las escuelas, en los medios de comunicación, en los espacios de discusiones y decisiones políticas se hable, se estudie, se promueva la memoria de José Luís y del resto de los detenidos-desaparecidos? ¿Qué hace falta para que cada 9 junio -día de la desaparición de José Luís- la conmemoración no pase sólo por un acto de unos pocos en la plaza? ¿O será que todavía seguimos anclados en el viejo debate del terrorismo de los dos lados? ¿O peor aún y es porque todavía alguien piensa en José Luís como si fuera un terrorista?
Supongo que para revertir esto hacen falta las convicciones de quienes tienen a su cargo las distintas instancias de decisiones políticas. Ahora se está iniciando una campaña para ponerle su nombre al C.E.F. No creo que hagan falta muchas campañas, ahí es donde tendrían que ganar las unanimidades, las convicciones, los pragmatismos.
Se trata de hacernos cargo de nuestra historia, como sancayetanenses, nosotros, acá y ahora, sin intermediarios, sin tapujos y con prisa. Con estas inquietudes, seguramente me sumo a quienes ya han hecho y vienen haciendo de hace tiempo los mismos reclamos, pero de eso se trata, de mantener activa la memoria, de resistir a viento y marea.
Podremos haber coincidido en muchos, en pocos o en ninguno de los puntos. Sólo quería poner sobre la mesa estos pensamientos, pues con esto buscamos ayudar a construir, aportar algo, para que un día esta memoria colectiva sea tan grande que ya nada se nos pase por un costado. Y estoy seguro, confiado de que así será.
Todos soñamos cosas chiquitas y grandes y yo para mi pueblo sueño estas cosas: sueño que José Luís será uno de nuestros héroes preferidos, pues no habrá escuela que se olvide de contarnos su historia. Por eso sueño también que no existirán calles con nombres como 6 de septiembre o José E. Uriburu, pues ya habremos aprendido que esto es seguir sosteniendo en nuestra memoria a Golpes y Golpistas.
Sueño con que “atrás de la vía”, algún día ya dejará de ser “atrás de la vía”, pues aunque las vías sigan más enterradas y en soledad que nunca, habremos podido derribar las fronteras geográficas. Sueño -por qué no, permítanmelo hacer- con que algunos apellidos dejarán de ser criminalizados por nosotros, porque el tiempo que invertíamos ayer en denostarlos, hoy lo usamos para tender las manos.
Y sueño entre otras cosas, con que pronto aceptaremos que la droga es un problema que nos compete, nos involucra, y reclama a todos.
El último 24 de marzo tuve la inmensa oportunidad de celebrar ese día, el de la memoria, el de los héroes colectivos, con nombre y apellidos, en la Plaza de Mayo. El lema que las Madres habían elegido y nos juntaba, rezaba: “No pudieron apagar tanto fuego”.
Y claro que no pudieron. Por más que Eduardo Duhalde pida olvidar, por más que Mariano Grondona una vez más defienda la asonada militar, el fuego sigue ardiendo, pues ya aprendimos a decir NUNCA MÁS. Es sólo hablando de las cosas, aportando reflexión, manteniendo activa esta memoria como vamos a poder lograr que las cosas que ayer pasaban a un costado, hoy no sólo estén encima, sino que nos atraviesen, nos atropellen, nos interpelen.
Ojala estos escuetos pensamientos sean motivos de intercambio, de debate, de construcción, de reflexión, ya que desde el inicio no tuvieron otro propósito. Gracias por leerlos y por el respeto. Espero algunos aportes más y reflexiones.
Escrito en abril de 2010 por Lucas Bilbao
Historiador. Autor del libro Profeta del genocidio.
