
Adolfo Pérez Esquivel, uno de los máximos luchadores por los Derechos Humanos, tanto a nivel nacional como internacional, propone la toma de conciencia crítica y un cambio de paradigma para comenzar el camino de la liberación de los pueblos.
Adolfo es un militante del primer turno, su pelea constante por los Derechos Fundamentales no nació con los golpes militares de la región sino que se inició en su adolescencia cuando participó activamente en los grupos juveniles que, en aquella época, estaban preocupados por insertar su inclinación cultural en la realidad.
No lo detuvo el haber sido detenido por la policía militar brasileña en 1975, por la fuerza militar de Ecuador en 1976 y por la Policía Federal Argentina en 1977.
Reconocido en 1980 con el “Premio Nobel de la Paz”, este hombre de gran sencillez ha sabido recorrer cada rincón del país y del mundo bregando por el cumplimiento de los Derechos Humanos.
Hoy, con 80 años, es Presidente del Consejo Honorario del Servicio de Paz y Justicia Latinoamericano (SERPA), de la comisión Provincial por la Memoria, de la Liga Internacional para los Derechos Humanos y la Liberación de los pueblos, con base en Milán, Italia, y miembro del Tribunal Permanente de los Pueblos. Es también Presidente Honorífico de la Fundación Universal Internacional de la Pau de San Cugat del Vallés (Barcelona) y, desde el 2004, forma parte del Jurado Internacional del Premio de Derechos Humanos de Nuremberg, que cada dos años otorga un reconocimiento a organizaciones o personas que se destacan en la promoción y defensa de estos derechos en el mundo.
“Quien viola los Derechos Humanos siempre es el Estado porque cuando alguien roba o mata, por citar algún supuesto, lo que está haciendo es cometer un delito y estos se sancionan a través de la justicia”, es lo primero que explicó Pérez Esquivel antes de hablar en profundidad sobre el tema.
En la sede del SERPAJ, Adolfo abrió las puertas a Vínculos y charló acerca de la actualidad de los Derechos Humanos en el país y en el mundo. Su simpleza se vislumbra desde la misma entrada a la casona donde funciona la organización. Un edificio antiguo, calefaccionado con una vieja estufa, muebles de pino, computadoras añejas y pisos de crujiente madera, pintan de cuerpo y alma a su presidente. Nada de lujos ni excesos. En su pequeña ofician, mesa redonda de por medio, y con sus buenos modales y la armonía que lo caracteriza, Pérez Esquivel se preparó gustoso para comenzar con la entrevista. Eso sí, antes aclaró: “En varios temas dejaré la pelota picando y después cada uno ve cómo juega en la cancha”
-¿Qué debería englobar para usted una política de Derechos Humanos?
-Los Derechos Humanos, así como se vienen trabajando, están muy manoseados. Durante la última dictadura militar se ha hecho un reduccionismo de ellos. Fue una política de gobierno. Yo lo llamo ‘olvidos intencionados’ y estos olvidos son graves. Nosotros planteamos los Derechos Humanos desde esta perspectiva: primero desde su integridad y, segundo, los derechos de los pueblos, es decir los Derechos Humanos como valor indivisible de la construcción democrática. Si estos se violan, la democracia se debilita y deja de ser democracia. Te podría mencionar muchos países que están en esta situación: Guatemala, Colombia, Perú; también hay serios interrogantes en países como Chile donde, por ejemplo, hay una represión brutal a los estudiantes y a los Mapuches.
-¿Cómo se hace para cambiar esta situación?
-Hay que empezar por la palabra, que es energía, es pensamiento y tiene un sentido profundo que nosotros malversamos y desvirtuamos. Con ella podemos amar o destruir y puede ser tan fatal como un arma. La violencia comienza por la palabra y tenemos que cambiar esto. Ahora, ¿qué pasa con los Derechos Humanos? Se están colocando remiendos por todos lados y la cosa así no va. Hoy, no sólo a escala nacional sino a escala internacional, tenemos que pensar en un nuevo contrato social distinto al que Jean-Jacques Rousseau, en su momento, lanzó, sacudió y le dio cachetazos a la humanidad, no para herirla sino para que despierte. Necesitamos un nuevo contrato social porque los Derechos Humanos no son par calmar el dolor de los sufrientes sino que tienen que ser liberadores y transformadores de conciencias, de las actitudes, de las políticas y de las economías. Entonces, cuando hablamos de Derechos Humanos y democracia como valores indivisibles, tenemos que pensar claramente a qué nos referimos.
-¿Tenemos que pensar sí o sí en un cambio estructural?
-Todos hablamos de los niños, de los pobres del estado de riesgo social pero pocos se preguntan por qué están en riesgo social, por qué hay pobres. Nos quedamos con los efectos pero, ¿por qué no vamos a las causas? Países como Estados Unidos y Gran Bretaña y todos esos que hablan del Derecho y de la democracia, son los primeros en violarla y en desconocer cualquier resolución de Naciones Unidas y así las cosas no dan para más. Lo mismo ocurre con la situación económica: vivimos una economía especulativa, no una productiva. Tenemos que cambiar el pensamiento y las actitudes para modificar conductas y es uno de los temas que más lo desvela, como así también la incansable búsqueda de justicia para los desaparecidos en democracia, entre ellos dos casos emblemáticos: el de Luciano Arruga y Julio López.
-¿Cómo es posible que exista la violencia y el abuso policial en un sistema democrático como en el que vivimos?
– La función policial es hermosa pero lo que pasa en que nos la olvidamos. Cuando fueron creadas las policías, fueron fuerzas de prevención y seguridad social. En el tiempo, esto se modificó y en lugar de ser una fuerza de prevención terminó siendo de represión. Desde la Comisión Provincial por la Memoria trabajamos esas actitudes y mecanismos y lo que vemos es terrorífico, consecuencia de la dominación en la que estamos inmersos. La dominación no comienza por lo económico, comienza por lo cultural- Hay un sometimiento de esta gente que por ahí termina reprimiendo a los iguales y su parámetro son los que están arriba. Es como un mecanismo perverso. Los guardacárceles torturan porque es una forma del comportamiento colectivo corporativo. Lo mismo pasó en la dictadura. Uno se pregunta: ¿por qué existieron los torturadores? ¿Por qué hubo complicidad de las Fuerzas Armadas en el pacto de sangre? La respuesta es que si todos hacemos lo mismo, la culpabilidad se diluye en lo colectivo y todos ‘somos parte de’. El comportamiento de la policía con los jóvenes es el parámetro y los medios de comunicación que dicen: ‘Cuidado, los jóvenes cometen los delitos. Hay que buscar a los culpables. ¿Quiénes son? Los jóvenes’ Las cárceles y los mal llamados institutos de menores son depósitos humanos. Entonces, ¿cómo se modifica esto? Por mas que nosotros logremos que les pongan los vidrios en las celdas, que no tenían en pleno invierno, y consigamos la atención médica o ver las causas, esto no es un solo eje, es una violencia que es estructural y cambiarla cuesta.
-¿Cuál sería un primer paso para modificar esta problemática?
-Hay que pensar en un nuevo contrato social y ver cuáles son los ejes, los parámetros, la educación, la formación, no sólo de la fuerza de seguridad sino también de los jueces, del Poder Judicial, de las universidades. Tenemos que tener un pensamiento holístico, otra forma de pensamiento. Nosotros lo que podemos hacer es denunciar, señalar, decir: ‘Miren esto, miren aquello, corrijan esto’, pero esos son paliativos. La implementación de la Policía Judicial apuntaría a un cambio estructural de estas políticas de cambios de paradigmas.
-¿Qué ocurre con los más chicos y la baja en la edad de imputabilidad?
-Hace un tiempo, cuando querían bajar la edad de imputabilidad de los chicos, escribí una nota y puse: ‘¿Alguien se acercó a un chico que vive en la calle y le preguntó cuál es su seguridad?’ Porque dicen: ‘Este pibe está haciendo desastres, está drogado, está con el paco, está con la prostitución’. Pero no nos preguntamos por qué está en esa situación y cuál es la seguridad de ese chico. Desde el SERPAJ trabajamos con los pibes en la calle y sabemos que ese pibe pasa de la calle a la cárcel de menores y después a la cárcel de adultos. ¿Y qué pasó con su vida? A ese chico le robaron la vida y la esperanza. Ése es el problema.
-¿Qué reflexión puede hacer sobre los casos de Julio López y Luciano Arruga?
– Seguimos acompañando; son las grandes asignaturas pendientes del pueblo. Estos señores de la muerte no se fueron, están, pueden poner en funcionamiento sus aparatos y la sociedad tiene que generar los anticuerpos. Cuando hablamos del país tenemos que ver lo que ocurre provincia por provincia y muchas de ellas no están gobernadas por gobernadores sino por señores feudales que hacen lo que quieren y no lo que deben y que se están enriqueciendo a costa del pueblo. Los problemas no terminaron en el ’83, hay mucos problemas, hay mucho sufrimiento del pueblo pero también hay una capacidad de resistencia y de organización social. Y uno apunta a esto, a la toma de conciencia. Uno no va a liberar a nadie sino que tenemos que liberarnos juntos.
– ¿Cómo comenzamos a transitar ese camino de liberación?
– Tenemos que generar conciencia. Las universidades también tienen que sacudirse el polvo, dejar de mirar por arriba del hombro a esa parte de la sociedad y comenzar a repensar las cosas. Tienen que ser los agentes multiplicadores para cambiar esto. Tenemos que descubrir los signos de esperanzas porque si no entramos en un fatalismo existencial. Y hay signos de esperanzas, a pesar de todo hay pueblos movilizados, se está generando otro pensamiento. En “Río + 20”, yo digo Río – 20, la gente fue a tratar de proponer, no pueden decidir nada porque esto ya está decidido pero es una presencia y una toma de conciencia colectiva y eso, en un tiempo, va a tener que transformase en nuevas formas de hacer política. No hay países ideales, hay países posibles y nosotros tenemos que trabajar sobre eso. Siempre digo que si las utopías no existen, tenemos que tener la capacidad de inventarlas.
Fuente: Revista Vínculos. Año 5 Número 10. Octubre de 2012. Secretaría de Extensión Universitaria. Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales. UNLP
