Crónicas de inmigrantes, por Eduardo Parino

Crónicas de inmigrantes, por Eduardo Parino
Nuestro desarrollo psicosocial se construye a través de múltiples interacciones con el medio, hasta ir confirmando una identidad que nos define. El círculo familiar, ese núcleo testigo de nuestras primeras vivencias, suele jugar un rol central, especialmente en los primeros años. El imaginario de nuestra infancia no solo suele estar condicionado por aquellos integrantes que frecuentamos, sino también por los que, si bien ya no presentes, constituyen una referencia para quienes los han sucedido y los consideran el punto de partida de la saga familiar.
El abuelo Ricardo era una de esas figuras que, habiendo partido de este mundo varios años antes de mi llegada, cobraba sentido de real presencia a través de los relatos de mi abuela y mi madre. Las historias de inmigrantes, aún hoy, mucho más hace cien años, suelen estar connotadas de cierto espíritu épico que tiene que ver con las pruebas que se deben superar cuando se decide distanciarse de los vínculos afectivos y sociales que nos han dado una identidad y privados de esas referencias que han conferido significación a nuestras vidas reinventarnos en un lugar distante con sistemas de representación de la realidad muy distintos.
Digo esto, porque su historia no es diversa a la de miles de compatriotas que partieron hacia América y por tanto no tenga nada de singular, pero para los descendientes de cada uno de ellos, su “Odisea” en busca de una nueva patria, sí adquiere un sentido que la hace única y extraordinaria y desde lo simbólico nos confiere un capital cuyo aporte a nuestra individualidad no debe subestimarse.
El alma del inmigrante suele estar poblada de nostalgias y remembranzas; de cuán vivas e intensas sean, depende nuestra necesidad de abrevar en ambas identidades, la propia que construimos y la heredada, so pena de sentirnos “inacabados”.
Mi abuelo materno abandonó la Italia central en 1912, con apenas 16 años. No lo animaba el afán de aventuras. Mi bisabuelo luego de enviudar, se había vuelto a casar y encontraba la relación con su madrastra insoportable. Por otra parte, los rumores de guerra en Europa eran cada vez más insistentes. Muchas veces traté de imaginarme los pensamientos que se agolparían en la cabeza de un adolescente que se decide a cruzar solo el Atlántico hacia un destino que debió presentarse como definitivo, antes que transitorio, dada la situación familiar. Me pregunté si a medida que el puerto de Buenos Aires se acercaba la inconsciencia debió dejar lugar a la aprensión o el temor por el tamaño de los desafíos a enfrentar.
La casa de mi abuela estaba llena de su recuerdo. No hablo sólo de las fotos color sepia que su amada “Aurorita” atesoraba en la cómoda de la habitación conyugal, sino de los árboles que había plantado y subsistían: almendros, nogales, olivos, vides, ciruelos, limoneros, un naranjo, un cerezo, un peral; los bancos de material que había construido para el patio; su carpeta de dibujo con guardas, columnas, frisos; su cuaderno de matemática que estudiaba por correspondencia ya que el cálculo debió de serle útil en su oficio de albañil (lamento desilusionarlos jóvenes millenials pero la educación a distancia no nació con Internet!).
Algún connacional que lo conoció me dijo que solía cultivar las mejores flores de San Cayetano. Toda la cultura popular de la Italia semirural de la que provenía la sorbí a través de él. ¿En qué me le parecía?, ¿físicamente? no tanto, ¿en su arrojo? sin dudas no, ¿en su carácter, capaz de pasar de la dulzura apacible a la ira volcánica en cuestión de minutos? bastante.
Cuando el fin de la inocencia llegó para dar paso a la adolescencia, todo aquello pasó a segundo plano, pero no se desvaneció. Llegada la adultez, fue necesario reconstruir ese eslabón con el origen que le daba sentido a todo. Así se impuso el peregrinaje donde todo había comenzado.
Ascoli Piceno es una capital provincial en la región de Las Marcas que existía antes de los romanos. Está atravesada por la vIa Salaria que unía Roma con el Adriático y por la que circulaba la sal que venía del mar. Llegué un 21 de marzo, poco antes del mediodía, luego de más de 3 horas de viaje desde Roma en autobús, que asciende el Apenino para luego descender hasta el valle del Tronto y serpentear entre las colinas que anteceden el mar. Ascoli se encuentra 24 km antes de alcanzar la costa adriática. Mientras una persistente garúa se desprendía de un cielo plomizo, el invierno parecía no darse por enterado del inicio de la primavera y la temperatura no subía de 0°. Traté de no amilanarme dado que sólo tenía 4 horas para capturar su espíritu, antes de tomar el único servicio de regreso a Roma.
Ciudad de traza medieval, la renacentista Piazza del Popolo, es el centro cívico de Ascoli, bella y de forma rectangular, porticada en su mayor parte, flanqueada por el Palazzo dei Capitani, antigua sede del gobierno comunal. La fachada meridional de la iglesia de San Francisco con interesante portal cierra uno de sus lados. Suele estar muy concurrida los sábados por la mañana, para retomar la calma provinciana luego del mediodía. Recorrí cuanto pude o lo que el frío me permitió, El chocolate caliente coronado por un copo de crema semimontada que me acercó una camarera siciliana apenas logró entibiar las vísceras. Me dirigió por todo comentario un “guardi che giornataccia…bel primo giorno di primavera!”, resignada a su exilio “marchigiano” lejos del sol de su isla natal.
En el viaje de regreso la tierra ascolana me despidió con una intensa nevisca. Cuando la bonanza del microclima romano me rescató de los rigores del invierno, sentí que simbólicamente un círculo comenzaba a cerrarse. Volví varias veces a Italia – nunca a Ascoli – hasta sentirla entrañablemente mía. Quiso la Providencia que el abuelo y yo viviéramos añorando la misma tierra; él, la de su patria de origen; yo, aquella a la que mi identidad cultural rinde tributo.

Eduardo Parino