Ignoro el instante, si fue uno que se presentó de modo súbito o fue una secuencia que se instaló en mi sangre, en el que empecé a sentir la herencia árabe de mi bisabuelo Fortunato.
La foto junto a mi bisabuela María en la casa de los tíos, descifrar su mirada en una imagen gastada pudo haber sido motivo de curiosidad, de la inquisición permanente por conocer mis orígenes.
Haber explicado porqué llevo el apellido de mi abuela Marta, sin entrar en demasiados detalles familiares, ni negar a mi abuelo paterno Oscar, que estuvo relacionado a la radio como medio de comunicación desde el área técnica y algún gen me ha transferido para elegir mi camino laboral.
Recuerdo el preciso momento, en una clase de educación física de primer año en el Instituto Domingo Faustino Sarmiento cuando un alumno de segundo me pide un pase de la pelota, algo que en esa edad es una palmada al ego y sin mencionar ninguno de mis tres nombres me grita:¡ Turcooooo!, me sorprende a punto tal de casi pifiar el pelotazo, pero marcando a fuego mi adolescencia.
Lo dijo porque su papá conocía al mío y lo nombraba así, por lo tanto no lo pensó, porque no había demasiado tiempo para hacerlo. No necesitaron más mis amigos que esa solicitud de balón para etiquetarme y sostener hasta hoy en día ese apodo casi lógico que tenemos los portadores de un apellido que en el pueblo indica donde vinieron nuestros antepasados…
Si bien es cierto que no honré demasiado la cultura, no he viajado a Siria aún, pude mostrar costumbres en la Feria de las Naciones del colegio, redacté un resumen de la historia de Fortunato para el Centenario de San Cayetano, para homenajear a quien tuvo el estereotipo de los sirios que habitaron este país, siendo mercachifle, tendero, verdulero, agricultor y propietario de un bar.
En una etapa de mi vida lo juzgaba, por no haber comentado nada de su vida en Siria a sus hijos, pero luego entendí que el dolor que se suele llevar en el alma, lo calmó con el silencio y un aparente olvido. En mi curiosidad de comunicador, sé que una entrevista con él, la que suelo mantener en sueños, hubiera despejado mis dudas, pero lastimado su corazón.
De manera innecesaria, me he tatuado un par de frases en árabe, como si hiciera falta, para afianzar lo que siento cuando hablo de mi bisabuelo, a quién puedo imaginar con manos rudas y ásperas, una voz gastada y unos ojos profundos, con mirada sabia y un empuje para el trabajo tarareando una melodía de lejos.
Sólo conozco un par de palabras de mi lengua ancestral, he degustado un puñado de comidas y puedo enorgullecerme de hacer unos kebbe dignos con que he agasajado a mis amigos y conquistado alguna mujer.
¿Cuál ha sido la energía de ese pequeño hombre, venido de una tierra castigada por guerras y miseria, para que unas generaciones después, yo lo sienta correr en mis venas? En el aceite de oliva, un cuento sobre el desierto, el sonido del derbake, o mirando un cielo estrellado, escuche el susurro de la aldea y el barco que lo trajo…O cuando, de manera incorrecta pero que aceptamos porque nos agrada, se me infle el pecho cuando alguien no recuerda mi nombre o es tan cercano en amistad, me llame “Turco”, “Turquito”.
Y en mi pensamiento se cruce el primer Dip que pisó San Cayetano, el bisabuelo Fortunato, con un narguile listo para fumar y una copita de anís en sus manos arrugadas para darle calor a los días duros de transitar…
