Nuestro pueblo también está en el cielo y en el suelo por el que transitamos.
Hoy tenemos luminarias brillantes, potentes y asfaltos que dejan discurrir con rapidez el agua de lluvia, pero hace unos cuántos años no era así.
Había luz eléctrica en las esquinas, en los cruces de las calles y algunas a mitad de cuadra. Eran pantallas redondas, blancas, seguramente de metal (no estoy segura) y con un gran foco, que se bamboleaba con el viento, dando un movimiento de luz y sombra intermitente, que en las noches de tormenta no dejaba de ser medio espeluznante.
Antes de llover y cuando hacía calor eran un festival de insectos que revoloteaban y caían…para alegría de los sapos que estaban a la expectativa. ¡Ah!, el consabido mandato paterno “Cuando se prendan las luces, entrás a casa”.
Deberes, cena y a dormir, salvo, no recuerdo que día de la semana que se miraba “Rolando Rivas, taxista”. La mayoría de las calles eran de tierra que, aunque cuidadas, apisonadas por las pesadas moles municipales, se encharcaban y ponían barrosas, no intransitables, pero sí incómodas de atravesar, sobre todo a pie.
Y aquí el recuerdo: en las esquinas, de un borde al otro de cada vereda, cruzaban la calle unas grandes piedras grises/azuladas, generalmente cuadradas, que, puestas a intervalos regulares, permitían dar pasos sobre ellas sin pisar el barro. Creo no equivocarme al afirmar que eran piedras parecidas a las que hoy vemos en la vereda de “La Palma”.
Entonces, aunque hiciera mal tiempo, podíamos caminar con nuestros “championes Flecha” blancos, con sus punteras de pinchitos triangulares que sólo nos dejaban usar para ir a la escuela. Eso sí, ¿quién no pisaba algún charco, a “poprósito” como dijera el Chavo?
El progreso es lindo, ¡los recuerdos también!
Silvia Santipolo
