Recordando a Malvinas con nostalgia de niño…, por Jorge Dip

Después de hacer berrinches durante un año y no querer subir al colectivo de la Municipalidad que transportaba alumnos a los jardines de infantes, llorar y patalear, tironear la camisa del chofer Francois, abandonar el primer año de preescolar, finalmente empecé la experiencia educativa.
A los pocos días de ser alumno del Jardín N° 901, el de la Avenida San Martín, yendo para el Parque del Club Independiente para que se ubiquen sancayetanenses o pidan referencia quienes nos visitan, me tocó vivir una experiencia imborrable.
No fue una canción infantil, ni el juego que nos enseñaban con tanta dedicación y paciencia las “señoritas” como se les decía a las docentes. Tampoco el paso obligado por una estructura de metal que había formado parte de una carroza de festivales infantiles, a la que se conocía como “el cohete”, porque eso era…con una puerta que no abría por dentro donde quedabas encerrado un rato hasta que un adulto te rescataba y de la que muchos pibes y pibas fueron víctimas.
En este caso, sin saber leer aún, mi “señorita” nos repartió papelitos redactados con máquinas de escribir, replicados con mimeógrafos. Allí, con cara preocupada, nos contaba que esa hoja era para que la llevemos a casa y que cualquiera de esos artículos que pudiéramos llevar al Jardín servía, por poco que sea.
Poco sabía yo de listas escolares, pero esas letras diminutas, incomprensibles, debían ser muy importantes como para despojar a la maestra de su sonrisa, alterar el ánimo de los adultos en los pasillos. Porque se la daban a todos y la reacción era la misma: sacudir la cabeza, ocultar la emoción; cantar una canción desde la nada, como suelen hacer los adultos cuando quieren disimular las malas noticias.
Mis manos, diminutas, sostuvieron esa lista de palabras que se borroneaban un poco con el sudor de los dedos. Contenía palabras de pocas letras, otras más opulentas, pero según la señorita, todas y cada una de ellas eran necesarias, dignas de integrar esa selección de artículos.
Parece ser que en el sur del país, muy muy lejos de la Plaza América, la del centro, frente a la Municipalidad, había unos pibes que la estaban pasando mal. Y no mal como la pasé yo en la salita de tres cuando no quería sentarme en el transporte escolar. Estos jóvenes, más grandes que nosotros pero no tanto como nuestros padres, estaban peleando contra unos tipos malos que vivían en otro lado y que querían algo que era nuestro.
Nos explicaron sobre las Islas Malvinas, el lugar donde se luchaba, pero de verdad. No como nuestras batallas en el monte detrás de casa donde jugábamos con los amigos a los cowboys. Esto era la guerra, esa palabra que siempre revuelve las tripas y arranca de la comodidad a quien la pronuncia. Según me dijo después mi mamá en casa, en esa lista no figuraban armas para pelear, ni uniformes; esas palabras decían chocolate, galletitas, ropa de abrigo y cosas de todos los días que a ella le costaban comprar pero nunca me faltaron.
Raro el poder de las palabras, no? Porque a mi vieja también le costó terminar de leer y ya estaba revisando en los aparadores que podía tener de esa nómina para enviar al Jardín y que se lo puedan llevar a esos chicos que estaban tan lejos de su familia. Allá, con mucho frío y hambre, no pudiendo dejar el juego cuando te llaman porque oscurece porque esto “es en serio Jorge, están peleando y se mueren de verdad”. 
No me acuerdo que llevé ese día al Jardín pero creo que todos aportamos algo, además de algún dibujito. Cuando fuimos adultos, nos enteramos que muchas de esas listitas no habían llegado, que alguien se las había quedado a la pasada, que nos estábamos preparados para un conflicto bélico con una potencia…Palabras de grandes.
Y no es que no me gustaron mis carpetas llenas de dibujos, collages y aventuras. Pero de mi preescolar lo que más me quedó grabado es pensarme en el patio, esperando el mate cocido con leche y el pan con mermelada, sosteniendo un instante un papel antes de guardarlo en la bolsita de tela. Para contemplar en casa la reacción de mi vieja cuando lo vio e inmediatamente puso en marcha la solidaridad que siempre tuvo.
Por un momento pensé en lo lindo que sería conservar esa lista, tan movilizante, para poder comprender mejor. Aunque comprendo que el formato físico no sirve si no genera emociones. Así que prefiero no tener ese papel en mi mano, a poder tener la memoria para contar la nostalgia que me produce Malvinas en el recuerdo de la inocencia de niño.-
                                                        Jorge Dip
Fotografía de Jorge, en momentos de hacerle una entrevista a Gustavo Acacio, sancayetanense que estuvo en  la Guerra Malvinas