Parte I
Todo en la vida pareciera estar impulsado por oleadas de expansión y de retracción. Todo parecería moverse al compás de un corazón en diástole y sístole. Todo pareciera fundirse en compases de acción dolorosos que socavan el alma y que luego se contraen para buscar la calma que sana heridas, mientras la mente busca aquietar los vaivenes de la vida, secando lágrimas y arrastrando las penas que amenazaron hundirnos.
Algo así tal vez pasó en la vida de Santiago Quintero, marino de vocación, cuando se acercó con cierto resquemor a una familia, aquella que le había faltado de niño. Su novia le abría la puerta a sentimientos desconocidos. Una presencia maternal sin precedentes lo sorprendió con una torta de cumpleaños para celebrar sus 21 años: la primera torta de cumpleaños de su vida. Pronto partiría en una misión a Inglaterra, por lo que su futura suegra además del detalle de las velas, había colocado sendas banderas: la argentina y la inglesa entrecruzadas. Las manos luminosas de Herminia, su futura suegra.
“Bajo extraño pabellón…”
Nada parecía salir de su cauce cuando en 1981 Santiago Quintero fue enviado hacia Inglaterra con miembros de su fuerza a una experiencia de formación que incluía maniobras en el mar, junto a otros jóvenes de la armada de aquel país europeo. Una experiencia reveladora, aunque usual para navegantes de carrera. Nada más y nada menos que a Inglaterra, reina histórica de los mares. Inglaterra, de cultura potente y dominante. Inglaterra, una isla clavada en el océano, con acervo histórico secular, de majestuosos castillos medievales; con bosques amplios y colinas verdosas; protegida por soberbios acantilados desafiantes y ciudades vistosas de tránsito ordenado, semiocultas en las brumas densas del invierno. Inglaterra de monarcas ancestrales y prolijo sistema parlamentario. Inglaterra expansionista e invasora. Inglaterra del amado Shakespeare y de Los Beatles. Inglaterra admirada. Inglaterra temida.
Mucho de todo eso pudo conocer Santiago Quintero cuando arribó a las costas inglesas. Muchos lazos con los lugareños pudo anudar desde su capacidad para penetrar en las almas humanas con calidez y respeto silencioso. Los entrenamientos eran exigentes y los descansos -muchas veces turísticos- eran guiados por marinos ingleses, curiosos y asombrados por esa espontaneidad argentina, donde no faltaba el buen humor y la alegría. Imposible no sellar pactos de amistad. Las diferencias, a la corta o a la larga, siempre resultan enriquecedoras. Y por eso, el intercambio de banderas con tripulantes del “HMS Sheffield”, un destructor emblemático de la armada inglesa, envolvió de valor simbólico los vínculos abrazados, luego de uno de los tantos encuentros futboleros: otra pasión que inevitablemente los unía.
Rosana Ivone González
Leer completo en:
