SIMPLEMENTE, MÉDICOS. Por Rosana González

Noches acunadas por el insomnio. Trasiego cotidiano dominado por el vértigo frente a la contingencia de lo inesperado. Pasos dominados por una velocidad incompatible con el común deambular humano por estos lares. Fatiga reciclada por la esperanza y la entrega. Fusión alquímica entre vocación desafiada y realidad acuciante. Tensión de la espera. Acción deliberada… Alegría exultante por evadir precipicios. Dolor lacerante por lo que se escapa de la vida sin haber podido hallar una respuesta. Capacidad para comprender que no hay semidioses en este planeta. Que por algún resquicio suele escaparse la verdad y se escurre la vida, sin haberlo sospechado siquiera. Fortaleza para reciclar la impotencia y continuar porque otras vidas, muchas, requieren de pasos seguros para transmitir esperanza. Tal vez las palabras se reducen cuando hablamos de lo que implica ser médico. Pretendemos perfección y humanamente no existe. Pretendemos rigor y exactitud cuando resulta imposible hallarla a veces, más allá de los esfuerzos titánicos. Porque la ciencia médica no es una ciencia exacta.

Campeones sin copa. Protagonistas de historias que no trascienden. Manos que intentan sanar daños que a veces no son físicos. Abrazos dilatados en palabras que saben aliviar para retomar caminos.

Sé de qué se trata todo eso. Lo comparto desde lo cotidiano. Conozco éxitos y desazones. La euforia del triunfo junto a la paz que sobreviene. La pesadumbre que con puñal amargo lacera el descanso. La celebración feliz junto a las personas restauradas en su cuerpo y en sus almas. El duelo interior frente al dolor de aquellas cuyas vidas se quebraron ante una pérdida irreparable. Lo conozco. Lo he vivido en las circunstancias de mi propia vida. Lo vivo hoy a través de un combatiente inclaudicable. Lo sé.

Sé de las vivencias que nacen al comenzar el día, armadas desde la fe para enfrentar las batallas que devienen. Escucho el teléfono, las consultas, el intercambio con otros colegas médicos para buscar estrategias que iluminen soluciones. No importa la hora. El descanso deja de ser prioritario. Será después. Solo hay que saber templar el alma. Hay que saber estar dispuesto. Hay que saber regalar acompañamiento desinteresado a quienes sufren el efecto de un cimbronazo frente a la salud quebrada o magullada. Hay que saber encender la chispa del buen humor, el chiste oportuno, la sonrisa compartida, esa gracia que distiende climas atrapados por el tormento de quien sufre y está preocupado.  Hay que saber construir una explicación considerada para conjurar los miedos. Hay que saber dispensar visitas personales casa por casa a los ancianos (y no tanto) sin esperar retribuciones. Solo para evitar los inconvenientes de traslados y la exposición a virus hospitalarios, cuando aún están frágiles. Hay que saber brindar esa caricia de ser contemplado cada uno en su condición de persona como ser valioso, importante aún desde su humanidad debilitada, pero dueñas de vida que se seguirá derramando en este mundo insondable hasta que Dios convoque.

¿Médicos solamente? Psicólogos, sociólogos, trabajadores sociales, antropólogos, comunicadores, pedagogos, filósofos, eternos estudiantes estudiosos,,, Y mucho más, en vertientes terapéuticas de amor infinito.

Pero también conozco la otra cara, la que se padece: la de la indolencia y el abandono, la de la desidia y el desinterés, la del puro afán especulativo procurando sumar un billete más (o un billetón). Profesión mercantilizada, yendo por carriles perpendiculares por donde la vocación se estrella. Acuerdos con ciertos laboratorios, negociados dudosos entre colegas de similar calaña. Egos inflados de renombres rutilantes que por esta misma razón se arrogan el derecho de cobrar cifras vergonzantes por su servicio. Eso sí, con el analgésico indicado en la sonrisa amable pero sin anestesia Pero hay de todo en la viña del Señor. Codicia, individualismo, egolatría: monedas corrientes de transacciones que duelen.  La fama envuelta en un papel rutilante que esconde la vocación abrazada. Sin embargo, ¿quién podría condenar esta modalidad de trabajo, cuando el factor dinero es hoy la pieza clave en el movimiento de este mundo?

Cada uno elige el modo de ejercer su profesión u oficio. Y ya nada parece superar nuestra capacidad de asombro cuando necesitamos reparaciones en nuestro cuerpo o en nuestro hogar, incluso. Cada uno elige el camino por donde transitar su propia existencia en el rango que considera más digno para sí mismo y los afectos más cercanos. La dificultad duerme agazapada cuando dejamos de pensar en los demás, en los otros que están más lejos pero que, sin embargo, forman parte del mismo tejido que habitamos. Esa dificultad se transforma en problema cuando no podemos atar con alambre un imprevisto que exige reparación profunda y debemos caer en manos de un médico, desconociendo qué camino decidió andar para poner en juego sus saberes.

Por mi parte, agradezco a Dios el haber dado con almas luminosas y manos amorosas cada vez que las he necesitado. Agradezco la dignidad y empatía con la ejercen su profesión a los mejores médicos que he conocido: a mi amor incondicional, Ricardo R. González, a Pedro Pablo Altamirano, a Luis Repetti, a Vivian Rivarola, a Juanma Domínguez, a Indira Romero. A Lili Lanzetti: aunque no requerí ayuda pediátrica, me regaló su consejo médico más de una vez y, por sobre todo, su amistad. Y a la luminosa Karina Rizzi, amada exalumna, a quien Dios decidió conceder un retorno a la vida -quizás agotado con los ruegos infinitos de toda nuestra comunidad- y, aun queriendo llevársela, nos la devolvió sana y salva, con su mente impecable y sin daños, para seguir abrazándonos con su calidez prodigiosa y comprometida. A todos ellos, en particular, les deseo un feliz y bendecido día del médico. Los abrazo con mi corazón. Los amo.

Finalmente, feliz día a todos los médicos. Bendiciones para los que siguen eligiendo un ejercicio digno de la profesión, enalteciendo sus pasos desde la entrega cotidiana con alegría, paz en sus corazones, amor en sobredosis de paciencia y transmisión de esperanza, sin abandonar sus sueños de construir un mundo mejor. A los que no claudican en el fragor habitual de presentar batalla, pese a todo. También para aquellos quienes eligen caminos alternativos de realización personal.

Al fin y al cabo son todos, simplemente, seres humanos. “Sencillamente” médicos.

                                                                      Prof. Rosana I. González.



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