Desde hace un día, cada vez que miro las noticias, me encuentro con Maia, con su secuestro.
He puesto en mis oraciones el ruego de su aparición con vida y con su integridad de niña, de persona, intacta. Puse en mis redes sociales su imagen, como tantos, para que se replique y se comparta, y al volver a encender el televisor, cada vez, todas las veces, tengo la esperanza de que haya un gran cartel que diga, con letras rojas: “URGENTE, RESCATARON A MAIA”…
Pareciera que a esta hora, las 18 y 30 del 17 de marzo, tienen bastante ubicada la zona, por eso crecen las esperanzas de hallarla antes de que se haga la noche…
Hay varias cuestiones que me conmueven, y me causan dolor e impotencia. Una, es preguntarme si los vecinos de esta mamá -que vive en situación de calle con su hijita de siete años-, no hubieran salido a reclamar cortando la calle sin descanso de día y de noche, lo que atrajo la atención de la prensa, habría una búsqueda exhaustiva como pareciera se está llevando a cabo – y que empezó varias horas después de lo que correspondía-.
Otra, es el dolor y la pobreza de tantísimos niños que por nacer en situaciones de pobreza extrema, están tanto más expuestos por su vulnerabilidad, a ser víctimas, a estar condenados a una vida de dolor y sufrimiento.
Es cierto que las situaciones de abuso infantil y de secuestro y trata, se dan en todos los países y en todos los niveles socioeconómicos, basta con recordar la desaparición en Portugal de la niña inglesa, Madeleine, en 2007, y tantos casos que en el mundo ocurren a diario.
Pero en esta desaparición de Maia, salta a la vista, el horror de la pobreza extrema: una mamá enferma de adicción, viviendo en la calle, y una niñita que es captada por un adulto, con atenciones y regalos, y la promesa de una bicicleta.
Me conmueve el barrio que salió a la calle, y son los pobres, los que veían cada día a esa mamá enferma que no dejaba a su hija ni un minuto, y la llevaba cada día a que se alimente al comedor y al merendero, esos lugares a cargo de personas también pobres, que alimentan no solo con comida, sino también con el corazón a los que están aún peor… Ese barrio salió a la calle, y no les sobra ni dinero, ni tiempo, pero evidentemente les sobra humanidad.
Cuando se dice que en nuestro país el 40% de los niños son pobres, es una estadística que hiela la sangre. Hoy la carita de Maia, de solo siete años, me mostró el rostro humamo de las estadísticas, y el dolor es aún mayor.
Quiera Dios que rescaten a Maia, y también, que nuestro Estado, que a través de tantos funcionarios y de la publicidad permanentemente en los medios, manifiesta el interés de apoyar a la mujer, apoyen seriamente en el futuro, a esta madre, enferma, que vive en la calle. Cada vida vale.
Magalí Di Croce
Fuente: https://sancayetanoprovinciadebuenosaires.blogspot.com/2021/03/maia-por-magali-di-croce.html?m=1
