
San Cayetano quiso sumarse al orgullo de los argentinos que, pese a perder la final de la Copa del Mundo en Brasil, salieron a copar las calles de todos los rincones de la Patria. Centenares de vecinos sancayetanenses transitaron con alegría y orgullo el centro de la ciudad para demostrar el afecto al seleccionado nacional.

Cuando finalizó el partido, desde este sudeste de la provincia de Buenos Aires parecía que nos habían cortado el audio. No se escuchaba un alma, solo el silencio cuando mascullábamos la bronca de haber estado tan, pero tan cerca.
Pero el cotillón estaba preparado, y los corazones también; ya se festejó el pase a la final. ¿Cómo no íbamos a cantar luego de 24 años de sequía? Y sonó la primera bocina, luego un auto embanderado se puso detrás de un camión lleno de pibes, y cientos de camisetas aparecieron.

El ruido se hizo más y más imponente, y con el nudo en la garganta, con las lágrimas que brotaron de los rostros, el desahogo en los cantos improvisados. Los nenes que tuvieron su primera frustración y los adultos explicándoles que no siempre se gana, pero si se pierde dignamente, también vale festejar.

Los portales deportivos se ocuparán de los análisis del partido, yo elegí salir un rato a la esquina de 25 de mayo y Belgrano y oír a los vecinos. El humor estuvo a flor de piel en algunos, otros protestaban la injusticia del arbitraje, los papás consolaban a los nenes, los más desaforados gritaban fuerte. Pero todos, todos los que se volcaron a la caravana no dejaron de agradecer a un equipo de fútbol la alegría de ser argentinos.
San Cayetano es un pequeño reflejo del inmenso país, y no quiso ser menos. Ser subcampeones es un logro también. Una gran enseñanza y una lección de vida. No siempre se puede ser primero, pero si se dejó todo para serlo, sin trampas y como hombres, es casi una obligación festejar.
Galería de fotos
