El guardapolvo blanco, por Magalí Di Croce

Era mediados de febrero y le pregunté a María Magalí si le quedarían bien a Juana los guardapolvos, sin uso, del año anterior, me respondió que sí: que le quedaban perfectos porque se los había hecho hacer grandesEmpezarían las clases presenciales y a todos nos movilizaba, a todos.Juana, que antes siempre había disfrutado de los feriados, de las vacaciones o de los días sin clases por otros motivos, tenía una gran ansiedad por volver a la Escuela, sé que sus amiguitos estaban igual.

Claro, una cosa es el descanso cuando hay clases en forma habitual, y otra, muy diferente, es no poder ir a la Escuela, no ver a sus amiguitos, a su maestra, y hacer las tareas en casa, sin la presencialidad del aula…

Esta vuelta -después de lo inusual del año lectivo anterior-, fue esperada y disfrutada.

Las vidrieras del pueblo mostraban, y aún siguen mostrando, útiles, mochilas y guardapolvos…

Y al ver los guardapolvos, me vino a la mente algo que me decía Nelva, mi suegra, siempre hablábamos de la docencia, sabía que en mi familia, mamá, la tía Julieta y Susana eran docentes, muy docentes.

Nelva fue una docente que amó y disfrutó su vocación desde muy joven, recordaba a todos y cada uno de sus alumnos, sus sueños, sus aspiraciones, y lo que me decía una vez, que no lo comprendí tanto en el mismo momento, -sino al experimentarlo- era que al ponerse el guardapolvo blanco ella misma se transformaba, era otra persona, no recordaba otras cuestiones como problemas o preocupaciones, solo pensaba en su clase, en su encuentro con sus queridos alumnos, en lo que iban a hacer, aprender, compartir…La verdad es que me encantaba escuchar eso, pero no entendía mucho que el hecho de “ponerse el guardapolvo” produjera semejante transformación…

Unos años después que ya siendo abogaba me puse a hacer la Carrera de Magisterio, teníamos unas prácticas de observación en la Escuela Nº1, y recuerdo lo que viví en ese patio, yo iba entrando, con el guardapolvo blanco –me puse uno de mamá porque yo no tenía- y el guardapolvo era obligatorio aún para las Prácticas de Observación, llegamos con Susana y estaban en el recreo, y los niños al vernos se venían como en bandadas de pájaros a abrazarnos, a convidarnos una galletita, a sonreírnos, a preguntarnos a que aula nos tocaba ir…fue un impacto tan emotivo, que en ese instante se me vino a la mente lo que me decía Nelva: el guardapolvo blanco produce una transformación no solo en quien lo lleva, sino también en quienes lo ven…

Nunca más me puse un guardapolvo blanco, di clases durante 25 años en secundario, e íbamos los profesores con la ropa habitual.

De lo que sí estoy segura, es de que aún no siendo docente de profesión, he amado y disfrutado a mis alumnos, los recuerdo a todos, y he tratado de dar lo mejor de mí sin guardarme nada de lo que les podía ofrecer y les pudiera servir para la facultad, u otros estudios, o la vida, he tenido el maravilloso ejemplo de mamá y de la tía Julieta que fueron docentes de alma, y aunque yo no llevaba el guardapolvo, al traspasar la puerta del aula, era como si un “guardapolvo invisible” me cubriera, porque me desprendía de todo problema, preocupación o pensamiento, que no fuera lo que íbamos a compartir en ese tiempo….

                                                                      Magalí Di Croce
Fuente: https://sancayetanoprovinciadebuenosaires.blogspot.com/2021/03/el-guardapolvo-blanco-por-magali-di.html?m=1 



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